dijous, 3 d’octubre de 2013

Relato: El reino encontrado

Llegaba el otoño, y, como cada año, la convención de brujas se preparaba con tanta discreción como entusiasmo; ropas nuevas o remendadas, sombreros almidonados, gatos perfumados, escobas revisadas a fondo. Exactamente como cada año. Aunque este año había algo distinto que mantenía a las brujas nerviosas como colegialas. Las brujas de acá y allá hablaban de la participación especial de un mago pero que nadie conocía. Todas sentían curiosidad. Esperaron impacientes hasta que llegó el día.

Cada año la convención se celebraba en un lugar distinto. Este año el sitio elegido fue un castillo abandonado. De hecho, ya nadie habitaba en los castillos desde la revolución. La revolución... Esos sí fueron tiempos movidos para la comunidad de brujas, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión.

Llegaron carruajes con las brujas más ancianas, las jóvenes llegaban en sus escobas última generación, con GPS, dirección asistida y control anti-choque. El bullicio que acompaña a los reencuentros duró un buen rato, hasta que llegó el mago. Todas guardaron silencio al ver llegar la carroza que usan los magos, y que tanto dista de la carroza de las brujas ancianas. Así como la típica carroza de bruja es redondeada y va encabezada por gatos salvajes, la de los magos tiene una forma indescriptible y son faunos los que tiran de ella. Lo primero que sintieron fue el hedor fauno que precedía el sonoro taconeo de las bestias atravesando las nubes.






Al abrirse la portezuela de la carroza, el asombro general fue tal que tuvo que ser acompañado de un sonoro y sincronizado "Oh". De hecho, ninguna tenía ni idea de a qué se asemejaban los magos. Sólo los habían visto en ilustraciones infantiles, o en su imaginación. Y lo cierto es que, a juego con las carrozas en las que viajan, los magos también podían aparecer en formas distintas. Pero nadie imaginaba que un mago pudiera llegar vestido de elegante rana gigante. Y éste fue el caso. La rana se apeó luciendo un hermoso frac, un monóculo ya algo gastado y un bastón de rama de olivo.





Pasaron a la sala principal donde charlaron y degustaron canapés. A las doce de la noche en punto empezó el tan esperado mensaje del mago. El mago habló de un reino que se había salvado de la revolución. Al principio nadie creía las palabras del mago, les parecía imposible. Además, el mago-rana vestido de frac aderezaba su discurso con un saltar de lado a lado tan cómico que a las brujas les costaba aguantarse la risa, ya no digamos tomar sus palabras en serio. Alguna murmuró "charlatán", otras se movían en su asiento, incómodas. El mago calló y miró a su alrededor. Entonces, agarró su bastón de rama de olivo con ambas manos, y con una fuerza descomunal, lo empezó a hacer rodar por encima de su cabeza, rápido, muy rápido. La sala en el castillo empezó a dar vueltas, alzando a brujas, gatos y escobas por los aires y atrapándolos en un torbellino de maullidos y chillidos.

Cuando cesó el mareo ya no se encontraban en la sala. Estaban, en cambio, en un prado soleado. El mago-rana vestido de frac posaba, satisfecho, encaramado a una loma, gozando, con una sonrisa burlona, del espectáculo de brujas atónitas y desparramadas en árboles, parterres y charcos de fango . Una vez estuvieron todas las brujas de nuevo en pie, por fin vieron el reino que se extendía en el valle bajo la loma. "Oh", soltaron todas. Así pues era cierto. El último reino. Cómo habría conseguido burlar la revolución era un misterio, pero allí estaba. Un reino donde las brujas no vivían escondidas, donde podían volar con sus escobas libremente, donde convivían todo tipo de especies mágicas en armonía. El paraíso perdido.

Las brujas se sacudieron el polvo de la ropa, se ajustaron el sombrero y fueron descendiendo la loma. Al llegar al llano, la loma ya había desaparecido y con ella el mago. Las brujas eran libres de nuevo.




1 comentari:

  1. uns quants com aquestos i pots fer una colecció de contes infantils, imaginació no et falta

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