divendres, 22 de juny de 2012

El viajero




EL VIAJERO


Había una vez un pueblo que sobrevivía desprovisto de alegría. Parecía que cada una de las sonrisas de las gentes que lo habitaban habían sido deshojadas tan lentamente que nadie había reparado en ello.
Un día apareció un viajero. El pueblo era bondadoso y atendieron al visitante lo mejor que sabían. Le dieron cobijo, agua y le dejaron calentarse las manos frente al fuego armado para la noche.
Mientras cenaban, el viajero se preguntaba qué tenían de distinto esas gentes, pero no conseguía descifrarlo. Lo que él no sabía es que existía en el aire una terrible enfermedad que libraba a los hombres de sus recuerdos más felices. El recién llegado todavía no había sido totalmente conquistado por dicho mal, así que intuía que algo terrible les había sucedido a sus nuevos amigos.
A la mañana siguiente salió a pasear, bien temprano. Bajó hasta el río, esperando encontrarse con el alud de risas que emana siempre de los chiquillos cuando juegan a lanzarse al agua desde árboles y peñascos. Cuál fue su sorpresa al encontrarse con la ribera totalmente desierta. Sólo los pájaros proseguían su canto, impunes a la maldición mezclada en el aire. Al viajero lo invadió una inmensa tristeza. Trató de recordar su propia infancia, pero, de golpe, no lograba recordar los juegos infantiles que habían llenado toda su vida de incontables nostalgias.
Entonces supo que debía hacer algo, partir en una cruzada. Recuperar sus propios recuerdos. Y sentía que les debía a sus nuevos amigos ayudarlos a recuperar los suyos. Se despidió y partió, sin rumbo pero con determinación. Al alejarse del pueblo notó que se sentía más animado y que su promesa se hacía más fuerte en su corazón. De vez en cuando se cruzaba con alguien y siempre les hacía la misma pregunta: ¿Dónde puedo encontrar la tierra de las sonrisas perdidas? Pero nadie contestaba, sino que huían o lo miraban mal, pero él seguía, incansable, ajeno a las burlas y gestos condescendientes.
Una noche, mientras se preparaba para el sueño, vio a unos niñitos tomando su baño, en el río, y sintió como su corazón latía, ¡hacía tanto que no oía el aire llenarse de risas! Se acercó y se sentó un rato a observarlos. Al poco tiempo estaba riéndose con ellos y sintiéndose feliz. Por supuesto compartieron la comida que habían conseguido entre todos y charlaron animadamente. Después de la cena, el viajero repitió la pregunta por enésima vez: ¿Dónde puedo encontrar la tierra de las sonrisas perdidas? Los niños se quedaron unos instantes en silencio, pensativos. El viajero aguardó pacientemente, aliviado de no entrever ningún rastro de mofa en la cara de sus amiguitos. Hasta que uno de ellos, el que parecía más mayor, tomó la palabra:
Hay una leyenda que habla de un espíritu que vive de las alegrías de los demás. Nadie sabe de dónde vino, pero desde hace miles de años ha ido chupándoles los bellos recuerdos a pueblos enteros. Es una catástrofe.
Los demás niños asintieron, entre tristes murmullos de aprobación.
Deberíamos hacer algo, dijo una niña pequeña. No es justo que haya niños sin derecho a jugar y divertirse.
Todos estuvieron de acuerdo, debían trazar un plan. Sabían que ellos también peligraban si se acercaban demasiado. No sabían qué hacer. Acordaron consultarlo con la almohada y encontrarse al día siguiente. Los niños partieron hacia sus casas y el viajero se quedó solo. Pero enseguida se durmió, arrullado por los sonidos de la vida que lo rodeaba.
Al día siguiente, el viajero se levantó de buen humor y descansado. Bajó al arroyo para refrescarse la cara y, con suerte, pescar algo para su desayuno.
Hoy será un buen día, pensó, observando su cesto repleto de peces. Hay desayuno de sobra para todos. Preparó el fuego, limpió los pescados y los dispuso para cocinarlos. Los niños llegaron en el momento preciso y cantando una canción que habían inventado por el camino. También llevaban un cesto con fruta que habían ido recogiendo. Además, traían una cabra.
Es una cabra de la suerte. Nos ayudará, dijo la niña pequeña.
Mientras desayunaban le contaron al viajero la idea que habían tenido. El viajero escuchó, parecía un buen plan. Debían intentarlo.
Todos sabían ya que el "monstruo zampa-sonrisas" -así lo habían bautizado- no afectaba a los animales y las plantas, sólo a los hombres. La cabra, que era blanca y se llamaba Mila, era una cabra muy lista, la emisaria perfecta para llevar a cabo su plan. Mila había sido entrenada desde muy pequeña y seguía siempre fiel a sus amiguitos en todas sus aventuras. Además, era muy protectora con los niños y nunca se sabía cómo podían ir las cosas, pensaban todos. Según el plan, Mila les llevaría un mensaje de emergencia a la gente del pueblo. Le ataron el mensaje  en el collar y le dieron las instrucciones. Vieron en sus ojos que Mila había comprendido.
Llegaron lo más cerca posible al pueblo sin que les invadiera la tristeza y mandaron a Mila. Esperaron.
Mila llegó al poblado y fue directamente a la choza del jefe de los ancianos. Aguardó pacientemente a que la invitaran a entrar y finalmente le mostró al jefe el mensaje. El anciano no sabía leer, así que mandó llamar al único niño del pueblo que había ido a la escuela y sabía leer un poco. El niño consiguió descifrar el mensaje y el anciano organizó una reunión extraordinaria con el resto de los sabios. Los ancianos no comprendían el mensaje porque llevaban demasiado tiempo bajo la influencia del dichoso mal, así que terminaron por no darle importancia.
En cambio, el niño que sabía leer intuía que algo iba mal. Tampoco acababa de comprender el mensaje, pero algo dentro de él le impedía olvidarlo. Decidió seguir a Mila, a cierta distancia y con mucha cautela. Vio, a escondidas, cómo los niños recibían a Mila con abrazos y risas, y algo dentro de él explotó. Algo sucedió, algo nuevo. Notó que su cuerpo se sacudía y que de su boca salían extraños sonidos. Todavía no sabía que aquella era la primera vez que reía. El niño estaba fuera del perímetro de peligro y empezaba a descubrir infinidad de cosas, tenía ganas de bailar y sentir cosquillas por todo el cuerpo. Entonces salió del escondrijo y fue hacia los niños. Ellos lo miraron sorprendidos pero enseguida lo animaron a unirse a ellos, justo cuando empezaban un juego nuevo. El niño que sabía leer jugó por primera vez.
Los niños también le contaron lo que sabían. El niño nuevo empezó a entenderlo todo y se puso muy serio. Debían tratar de salvar a los otros niños de su pueblo, aunque intuían que sería más difícil hacerlo con los ancianos, llevaban demasiado tiempo alejados de sus recuerdos.
Debían actuar al anochecer, aprovechar la hora del baño diario en el río para llevar a cabo el nuevo plan. El niño les contó a sus nuevos amigos que en su pueblo no se leía ni se escribía, pero que existía un sistema de lenguaje secreto que ahora les resultaría de lo más útil. Por lo visto, desde la niñez, en su pueblo aprendían un sistema de comunicación a distancia basada en unos sonidos que sólo ellos entendían.
A la hora prevista, se situaron en la orilla contraria a la que los niños del pueblo enfermo se bañaban en silencio. El niño que sabía leer puso las manos alrededor de su boca para proyectar su voz al otro lado del río. Los niños que se bañaban miraron de inmediato hacia la voz y contestaron. Tras el intercambio, el niño que sabía leer se giró hacia sus nuevos amigos, que hasta ahora habían permanecido en silencio, observándolo todo.
¡Ya vienen! dijo contento.
En efecto, vieron cómo los niños habían trepado a una balsa y se dirigían hacia ellos. Algo parecido les sucedió a los niños nuevos una vez estuvieron fuera del alcance del mal y aprendieron rápidamente a divertirse.
Mientras tanto, en el poblado enfermo, todos buscaban a sus niños. Habían amanecido para descubrir su ausencia y la preocupación era tan descomunal que decidieron salir en su búsqueda. Como no se ponían de acuerdo en quién debía ir y quién quedarse, acordaron ir todos.
Así, el poblado quedó desierto y, por primera vez, la enfermedad se quedó sin alimento y empezó a agonizar.
Cuando volvieron todos al pueblo sintieron el aire distinto. Los ancianos estaban ya al corriente de todo y,  tras una memorable fiesta, se estableció en el pueblo una nueva ley, a la que llamaron simplemente "ley preventiva", que obligaba a todos en el pueblo a pasar una hora mínima diaria divirtiéndose.
Fue corriendo la voz de pueblo en pueblo, y todos se sumaron a la propuesta, y así fue como el monstruo milenario desapareció para siempre.




dijous, 21 de juny de 2012

Amar en bicicleta



Rueda la bici
rueda

De madrugada,
cruzando la neblina
que nace de la tierra,
viajo
hasta lejanos arrozales,

con sus chocitas de paja

con las miradas rasgadas
de sus gentes
que existen

solamente

cuando
mi bici rueda










"Partir...c'est mourir un peu"




Cuando viajamos
huimos un poco, 

cual gotas en el cristal



Como el último árbol
en la llanura

nos vamos
en pétalos 

y nos quedamos
de raíz



Cuando viajamos

huimos hacia adentro




dimarts, 19 de juny de 2012

Buscando en el baúl de los recuerdos... este poema de juventud


El mar lanzaba
intermitente
pedazos de púrpura.

Y manos descosidas,
un adiós a los árboles
y a sus ramajes.

El saludo a las almas.

Incienso de miras
y desdichas.

Miles de niños amortajados
mascan muérdago
entre las comisuras
de su muerte.

Y bajo sus pies,
docenas de lamentos
desmigajan los días,
descarnan las horas.

Pero las paredes
siguen sufriendo.
Y aún sangran.

Arráncate las mañanas
deshojadas por el vacío
y aquél agujero hondo
quémalo con tu lluvia.

Bébete las lágrimas
y cúbrete.

Disfruta del absurdo
y falso limonero
que el temido invierno
ya está aquí.


Isolda- 1990

dissabte, 16 de juny de 2012

La Huacachina




Recorro como pulga 
la espalda de este camello 
enorme y calentito 

y me deslizo veloz 

- cabeza primero- 

en adrenalina de latidos 
en chillidos de infancia 

como navegando 
en la panza 
de un gigantesco y nómada 
castillo de arena 

Machu Picchu



Grandullón, 
te recorro las arrugas 
desde la madrugada 

hasta el sueño almibarado 
de un cóndor que anida 
justo a la vueltita, 

hasta el observatorio astrológico 
que revela fantasías, 

hasta la serpiente, el puma 
o el mono doblando esquinas 

hasta el ojo al que le falta retina 
aunque mira y mira. 

Un telón de niebla

anuncia el fin del primer acto,

y como diva te imagino 

acicalándote el lado bueno



con los ojos entornados

del que espera sin prisas


el aire que deja en su estela

cualquier vuelo escarlata

Ollantaytambo



Jugando a la rayuela 
por suelos o paredes 

treparía 

hasta la túnica 
de lentejuelas y polvo 
que cubre esta noche 

hasta la voz de soprano 
de la dueña 
de esta falda milenaria 

República Independiente de Arequipa



Ciudad blanca,
erupción volcánica,
luz blanca.

Erupción de abrazos,
gente linda
y galerías de arte.

Sobrevuelo la ciudad
-tan elegante-
con los ojos cerrados.

Insomnio de artista,
las calles respiran
las huellas
de un alma 
que amanece blanca




Colca


La vida en vertical. 
San Pedro en la montaña 
y el paraíso allá abajo, 
como adormilado. 

Cóndores hartos de turista 
salen de vacaciones 
con pantalón de rallas 
y tirantes de payaso. 

Una mula sudorosa 
va empujando montaña 
y el polvo rojizo 
se le pega en la cara. 

De abajo a arriba 
un cactus, 
un labio que se quiebra, 
la luna que acecha 

Titikaka



Paisaje increíble 
de dioses inspirados 
y animalitos de pesebre, 

la tierra es de peluche 
y ocres fluorescentes, 
como si hubiera pinceles clavados 
-hacia arriba- 
para rascarles la panza 
a borreguitos lindísimos 
que pacen, como si nada 

Las cosechas ordenadas 
en forma de capucha 
rodean las aguas 
-tan mediterráneas- 
que se surcan de barquitas 
como de vikingo 
y de niños de gorrito ladeado 
y carita sucia. 

Universo altiplano, 
inmenso lago 
de secretos subterráneos, 
paraíso soñado 
desde el otro lado 
del agua 


Fotosíntesis en Arequipa



Soy una flor amarilla 
-tal vez naranja- 
de pétalos interminables 
y pies en el agua 

Echada al sol 
como lagarto viejo 
cierro los ojos 
y la brisa me reclama 
la piel, 
escama a escama 

El volcán acecha 
desde lo alto 
como un abuelo grandullón 
que me silba tonadas 

Y mis manos aprenden 
a acariciarte el alma 
cuando respiro por dentro, 
cuando huyen las lágrimas 

Soy un cactus sin espinas, 
repleto de agua, 
diez dedos azules 
que abanican montañas. 

Soy un árbol de aguaje 
con frutos de dama, 

soy árbol de papel, 

soy reflejo de luna 
que aparece en el agua. 

divendres, 15 de juny de 2012

¿Pasaría algo si de golpe empezara a chillar?

A través del cristal,
yo del lado seguro
tragándome la rabia,

ellos saludando alegres
con los pies en el barro
y chocitas de cristal

Ellos amontonados
dónde no pasa ni el aire,

yo hacinada con
los que se me parecen,
sorbiendo brisa fresca.

Ellos durmiendo donde sea,

yo, quejándome 
de mi almohada de piedra.

Ellos jalando agua del pozo
para lavarse a cubos
entre gallinas de corral,

yo soltando grititos
bajo la fría ducha del hostal.

Ellos buscando el cómo
llenarse la panza,

yo, 
en el limbo de unas horas muertas
que me supieron a mármol.

Yo admirando
unos ojos rasgados
y piel tostada perfecta,

ellos persiguiéndome
la piel requemada
y mis ojos de bruja.

Ellos sabios de leyendas.
Yo, contando iglesias.

A ellos faltándoles letras.
A mí, 

brotándome poemas.

Pan de hormigas con lomo fino



Un perro lisado 
mira a otro perro 
que luce dueña 
y burbujas de jabón. 

Anda cansado 
de su costillar hueco, 
rehuye la mirada
avergonzado 
y acelera el paso truncado 
cuando le llamo "bonito". 

Se para frente una charquita 
y bebe con respeto 
el agua sucia, 
estremeciéndose a cada ratito. 

Quiero darle agua fresca 
y parte de mi sanguche 
pero se asusta mucho 
si me acerco 
e incluso una queja

le sacude las patitas. 

En la basura restos de pan 
son devorados por hormigas. 
El viejo cholito lame los restos 
de un lomo saltado 
con los ojillos entornados. 

Aprovecho que se duerme 
para poner agua en un cuenco, 
sé que me observa 
pero simula no darse cuenta 
cuando le acaricio las orejas. 

Abre los ojos un poquito 
y se atreve a tragar 
mis mimos y palabras dulces. 

Ya con la cabeza en mi rodilla 
rodeo a mi amigo 
con mi chal curtido 
y ya los dos 
olvidamos el olvido

"Cenamos juntos, desayunamos historias, almorzamos travesuras... entorno a la mesa, la selva"





El paseo polvoriento 
va salpicado de chiquillos 
que ríen desde el riachuelo 

y abuelos en la sombra 
- charlando- 
como pasa siempre. 

La velada entre amigos 
se riega de recuerdos 
esperando esa luz 
que parece que no llega. 

La señora que nos aloja 
insiste en llenarnos la panza 
y desconchar la sal de las tumbas 

A la hora del chaparrón, 
anécdotas de anaconda 
prohíben la siesta, 
y la lluvia que azota. 

De tarde, las calles 
parecen gazapos de barro, 
con chanchitos color humo 
revoloteando 
sus lacias orejas  

Ya desde el barco 
la orilla se va dibujando 
cada vez más lejana 

y se prepara  el cielo 
para sacudirnos 
con un atardecer 
por todo lo alto. 

La brisa mece las hamacas... 

La selva



Acariciamos el Río Café 

con una leyenda de la selva 
mojándonos los remos:

“Es la historia de Truenomama, 
padre de una estrella enamorada 
que jugó duro con su yerno 
hasta convertirlo en relámpago 

y mandó al airco iris 
a buscarla, mientras el amante 
vendía su alma y madre 
a un buitre de alma helada. “

El río fluye, asaltado 
por mariposas chillonas 
y grillos que exageran. 

Cruzamos al Río Negro 

y dos bufeos juguetones 
nos dan la bienvenida, 

árboles de aguaje 
con rica fruta en armadura, 

peces voraces 
de carne exquisita, 

monitos que curiosean 
desde el amparo 
de las alturas. 

La canoa de noche 
va rastreando caimanes 
pero nos traiciona la luna llena, 

ofreciéndonos
 a cambio 

una tortuga 
enorme y mansa 

desde la espesura 

Andes




Llevas estrellas en la coraza 
y la cabeza entre nubes, 

en los poros te crecen 
dedos azulados 
de algún ser extraño, 


árboles araña 
con cabellera de bruja 
y algún botón de oro. 

El río te cosquillea 
las plantas de los pies 
con sueño de Bufeo. 

Como ya me conoces un poco 
me diste tregua 
y ya casi no lloro 
cuando te miro. 

Cuéntame, si lo soporto, 
qué secretos callas, 
cuántos reyes antaños albergas, 
dónde guardas el eco 
de tus tesoros mancillados.

Duendes en Cajamarca




Una anciana con carita de duende 
descansa en el cerro 
junto a la casita de piedra. 

Hoy vendió poca alfalfa para cuy, 
bajó temprano de su montaña 
con su sombrero enorme 
y zapatitos mocasines, 
cargada hasta los dientes 
de cestos con hierbas innombrables, 
frutas escasas y ni una sola queja. 

Otra abuelita de igual sombrero 
y mil arrugas 
vende quesos de vaca. 
Se ríe con ganas 
de esta gringuita marciana 
que le habla de quesos de cabra. 

Y sin pedir permiso, 
de golpe 
el cielo se enfurece, 
recordándonos a todos 
quien manda, 
y salimos corriendo 
hacia ninguna parte, 
escoltados por el agua

Huanchaco- Stranger on the shore



Desde mi tronco caído 
observo el océano una vez más. 
Perros playeros danzan al son 
de una canción de Ackerbilk. 

La niebla de "el Niño" 
va componiendo el paisaje 
de fresca acuarela. 

Un chico pasea 
los colores de mi gente 
del otro lado 
como interrumpiendo este cuadro 
tan delicado 
con colores de fiesta. 

Las olas como siempre 
rugen ociosas y libres, 
y con ademán desinteresado 
van añadiendo piedritas anaranjadas 
a este mosaico 
que quita el habla

Caballito de Totora




En un recodo de la playa
pero soñando con la sierra
yace olvidado y frágil
un viejo Caballito de Totora.

Con sal en el costillar
y recuerdos de marea
al Caballito de Totora
lo asaltan ideas de selva,
aves grotescas, verdes banderas.

Una ola bondadosa se acerca
y mece suave al Caballito de Totora.

Su afán de aventura todo lo puede.
En un último esfuerzo,
el Caballito de Totora zarpa,
mientras el sol amigo
le va soplando, paciente
una a una las coordenadas



Huanchaco


Huanchaco

De nuevo, la llovizna me acompaña a otro pueblecito de pescadores. La cala al amanecer, sorprendida por el agua que va cayendo, pudorosa se cubre de niebla. Pero me conozco ya ese truco oceánico, así que espero. Los Caballitos de Totora también aguardan, con un ojo semiabierto, al sol que no llega... 

Pero llega. En un bar semivacío, una pareja de músicos canta canciones serranas, canciones de mar, canciones antañas, canciones de amores olvidados en la arena... hasta que la chiquilla de sonrisa blanca y piel tostadísima vaya pasando, recogiéndolas y guardándolas en una concha anacarada. 

Y atardece igualmente. Perros vagabundos juguetean en la playa en un baile ritual silencioso, recortándose sus siluetas en el aire. Y ya las redes peinan al mar que ronca.

Puesta de sol en Barranco


Puesta de sol en Barranco

Atardece y acelero mis pasos.
Llego pronto a aquél acantilado
que unos chicos del barrio
orgullosos me mostraron.

Estoy lista pero voy sin prisas.
De izquierda a derecha,
escaneo a 180º, y juego
a dejarle al cielo tiempo
de cambiarse, coqueto, de ropa.

El Sol y el Mar, descarados,
intercambian luces, como si
fuera uno el barco
y el otro farolero.

Generosos como amantes,
lentos se van seduciendo,
concierto de colores
que sólo conoce el náufrago.

Y nos vemos todos metidos
en una enorme calabaza,
- desperezados de un hermoso sueño -

y ya uno no sabe

si esta luz anaranjada
se debe al cielo, al mar
o al instante en que 
no importa ya nada.

O bien al contrario,
se trata de la magia
que se encuentra hoy 
algo encabritada...


El océano en Miraflores


Me despierto en un latido,
el océano me reclama.

No me canso del malecón,
de mi banquito de madera,
de esta soledad perfecta.

A mi alrededor,
las gentes empiezan su día
desayunando brisa y pájaros,
un rico aire en la cara.




A la hora de la siesta
la hierba acompaña,
el océano cómplice
regala la nana.



Al atardecer los banquitos
se entretienen con parejas bescuconas
y yo voy contando sus historias
como si fueran las mías.




Antes de acostarme
vuelvo a mi banquecito en el malecón,
porque siempre es distinto,
porque como amigo me alimenta;

me duermo rápido
soñando que amanezca,

ya el agua me llama.




Lima Centro


LIMA CENTRO






A cuánto la vida, señora, caballero, ¿20 dólares? 


El perro sin amo cierra los ojos, acostumbrado, 
y yo sin poder comer, 
y yo sin saber dormir, 
y yo sin saber cómo mirar. 


Las calles deambulan ruidosas, 
a veces amables, a veces, 
con el aire que falta y 
la piel más quemada 

y el mundo entero 
me parece un documental 
de taxistas parlanchines 

de una chica que me pide los restos de comida 
que yo no alcancé a tragar,

de un chiquillo que aprende a contar 
en la escuela de la calle oscura, 

de huelgas y piquetes, 
de rituales de coca 
y sabores distintos, 

de fantasmas del ayer 
y promesas por cumplir, 

de una historia que se escribe 
desde el sur del alma, 

desde las rodillas 
hasta la lágrima. 



Y yo sin poder comer, pudiendo 
y yo sin saber dormir, teniendo 
y yo sin saber si mirar, aún queriendo