divendres, 18 d’abril del 2014

Hasta siempre, Maestro


Hasta siempre, Maestro





Maestro, partiste ya
en cuerpo

para dejarnos
la mirada de fuego
de un caballero
vagabundo;

nos queda
la cabellera de cobre
de una niña difunta

una orquesta de seres 
levitando
hasta el infinito

el abuelo,
su árbol

los pececitos de oro
que nos regalaste
y que a veces
se tropiezan en mi camino



Cómo darte las gracias
si tú eras el genio
de las palabras

si fuiste mi maestro
y el de tantos

si cada vez que te leo
el espejo se tiñe
de paisajes humanos,

si te debo
cada luna
que atraviesa mi cara.



Maestro
allá donde estés
sé que seguirás tejiendo
misterios de lana

para abrazarnos el alma.






Carta al amante perdido


Carta al amante perdido


Cuando no estés
me acostaré
en la cama del silencio
a borrarle las arrugas

adornaré la mesa
con caviares de papel
y una alegría
color mostaza

me vestiré
con el recuerdo
de tus manos
de tu risa
de caminos desandados.



Cuando te vea
por pasillos y multitudes
chillaré

aunque me invadan
las montañas

aunque mi voz
sea de hielo

aunque nadie
entienda nada

y tu estés siempre
a caballo
entre la lluvia
y el desencanto



Cuando oiga tu nombre
las flores me llevarán
el aroma de tu casa
si es primavera

si es otoño
te convertirás en llama
para tiznarlo todo
con el sordo suspiro
del pasado

pero si fuera invierno
estarán los portales
en un luto
repleto de canas

quedarán las almas
en el arcén
mudas,

desvencijadas,

como un juguete
roto mil veces

como el eco
en el bosque

que ya no sirve
para nada.





dimecres, 16 d’abril del 2014

Cuento: Cazar la sonrisa del bosque


Cuento: Cazar la sonrisa del bosque


El mundo de este cuento se poblaba únicamente de sonrisas. Las había que habitaban en valles y montañas; eran las sonrisas de la tierra y servían para recordar cada cicatriz que ésta se había tragado. Viajando a través del agua, por ríos y mares, existía otro tipo de sonrisa; aquella que pasaba de un ser al otro a través de las lágrimas; las de pena o emoción, las de alegría, las de rabia. Y por último, la tercera sonrisa era la más rara, la más difícil de encontrar cuando alguien la buscaba. La tercera sonrisa no era sonrisa para cualquiera; de hecho, pocos la habían visto y los que vivian esa suerte adoptaban para siempre un semblante distinto. Nunca se hablaba de ella, los que lo hacían caían en un estado de tristeza  tal que jamás en su vida volverían a sonreír. Así que nadie osaba mencionarla. Se sabía que habitaba en el corazón mismo de los árboles del bosque y que era inmune a la tala para leña a la que era sometida; simplemente pasaba de un tronco al otro, esperando. La sonrisa del bosque pasaba su tiempo esperando.

Eran tiempos de paz en este cuento, así que las sonrisas transcurrían su día a día sin necesidad alguna de la sonrisa del bosque. Se recordaban las cicatrices de la tierra a través de temblores que todos aceptaban, se bebía agua del río y se talaban árboles ignorando esa llamita azul que se desprendía del tronco para viajar hasta el siguiente. Eran tiempos de paz, sí, y, por supuesto, una ola de aburrimiento empezó a extenderse, empezando por atacar las flores en los campos, dejándolas cristalizadas. El corazón del bosque se estaba impacientando. La sonrisa que habitaba las valles y montañas se iba acentuando  hasta formar una mueca. La tierra se abría, los ríos desbordaban sus lágrimas hasta dejar un lodo de sonrisas machacadas. Llegaba el caos.

Era evidente. Había que cazar esa sonrisa en llama que habitaba el corazón del bosque. Las sonrisas más guerreras se ofrecieron voluntarias para la tarea. Se prepararon lo mejor que supieron, optando la mayoría por una mezcla de meditación y ejercicio físico extremo para ello, en una rutina que duró un par de lunas. Las sonrisas perezosas siguieron con lo suyo, las más alocadas y aventureras optaron ir por libre y expresaban su lucha a través del color o la música. Eran tiempos revueltos.

Un primer grupo se adentró en la espesura. El resultado pronto se hizo palpable entre los demás. Un chillido desgarrador envejeció el aire hasta dejarlo cenizo. Nadie regresó. El segundo grupo mejoró la táctica y algunos regresaron, aunque ya eran otros.

Los rebeldes independientes poco a poco fueron juntándose. No lo hacían de forma organizada, sinó que cada uno proseguía con su labor, alentados por saber que otros compañeros estaban en lo mismo. Cada cual exponía su obra, cuando estaba terminada, a la orilla del bosque. Empezaron a rodearlo, se iban rellenando los espacios con nuevas ideas, canciones, esculturas hechas con paraguas, acróbatas desafiando el suelo.

El bosque empezó a achicarse. Era como si la cadena fuera un cinturón estrechándose. Cuantas más sonrisas llegaban con sus saxofones y acuarelas, más pequeño se hacia el círculo. Y seguía avanzando.

Inevitablemente, llegaron al corazón del bosque, que por supuesto habitaba en el tronco de un árbol descomunal. Era imposible ver cuánto abarcaba porque su copa avanzaba más allá de las nubes. Por un instante todas las sonrisas enmudecieron. Y tras respirar tan profudamente como solo lo hacen las valles y sus cicatrices, tras sentir que se les vaciaba el alma de las lágrimas derramadas, juntaron las manos. Al hacerlo, toda la música, los colores creados, las formas moldeadas y los saltos en el aire fueron suficientes para disparar al grupo hacia lo alto, hasta posarse en la copa.

Lo que pasó después nadie lo sabe. Se rumorea que siguen allí, alimentando los corazones de quienes se pierden en el bosque, llenando de lágrimas a los que se atreven a abrazarle el tronco al árbol  habitado de sonrisas e inspirando con la paz de los siglos a aquellos que osan treparle por la piel.





dimecres, 26 de març del 2014

Papa

Papa



Cómo hago
para que todos sepan
quién fuiste;

Cómo explicarles
que existen niños
devorando margaritas
como tú descubriste,

que hay secretos
en los chales
que lanzamos al aire,

que hay brujas suicidas

y elefantes
columpiándose
desde la luna.




Cómo decirles
que los versos
que escribiste
ya los lleva tatuados

para siempre

la piel azul
del agua,

que te veo a menudo
entre incontables
chimeneas encendidas

para que me recuerdes
aquello de las tazas de té

o cuando robamos fruta
en aquella casa abandonada

porque sabios eran los chiquillos
que llevábamos encerrados
tú y yo

y la vida es travesura.





Cómo contarles
a los que nunca
te leyeron

a los que nunca
miraste

que el océano te pasea
como junco
como balsa,

que tuviste que partir
para ser el Capitán
que va plantando nidos
en la luna

cada vez
que un mendigo
sueña




dissabte, 25 de gener del 2014

El recuerdo de García Lorca, repetidamente asesinado...


El recuerdo de García Lorca, repetidamente asesinado...


El árbol que se seca
resume el llanto

de la explosión de intestinos

que va salpicando
la tierra naranja,


doce sentencias
de sangre y turbante
marcan el tiempo del horror
allá en la sucia plaza,


un héroe muere
sin tiempo a aprender
a anudarse los zapatos,

una niña recose
su muñeca muerta

y una ballena se ahoga
sola
en la playa.



Una ola
de gaviotas
se sacude el alquitrán

y justo antes
de cerrar los ojos

renuncia a sus alas.





dimecres, 22 de gener del 2014

A salto de mata

Escribir
sin campana
ni estilográfica

de tarde
de noche,

a salto de mata.




Pasear el alma
sin brújula

desde el pecho
hasta la madrugada

a golpes de luna.





Inventar una canción
y colocarla
entre tus manos
y la luz del alba,

dejarte volar
con los cisnes del parque

construirte
un nido de plumas
para llevar,

pero si te vas
me voy contigo.



dimecres, 15 de gener del 2014

Sarajevo

Sarajevo



... te debo un poema, me lo dejé clavado en las costillas de un balcón que llevaba las ventanas encendidas...



Un perro juega 
con otro perro

entre sábanas al sol 
y fantasmas
empapados de lluvia

a trampear 
rosas rojas
aplastadas y eternas

como en un juego
de rayuela.




Un taxista literato
recita versos
con voz de tenor
y la camisa limpia,


la policía ebria
va doblando las esquinas
como un guijarro
rebotando en el agua,


las crucecitas blancas

interminables y
terriblemente quietas,

los agujeros de bala,
el río con pirañas
bajo el puente
y ese brazo que me agarra.




Esta vez
no morí ahogada

pero quedó tu poema
colgado

de un balcón
al que dejé
 el alma oxidada